jueves, 6 de julio de 2017

Los 4 tipos de machotes ibéricos



Desde antes de Astérix, Obélix, Julio César y Cleopatra, existe una selecta colección de hombres que destaca por su ardiente y remarcada masculinidad, por su viril, castizo y desacomplejado modo de comportarse. Los renglones torcidos, rectos y erectos de la historia lo confirman: No es un invento de Franco; Ni siquiera de El Fary; Tampoco, del abuelo de Donald Trump; Y que nadie piense que es un mito creado, ideado, pertrechado, cavilado y maquinado por un tropel de taxistas fanáticos que sueña con quitar clientes a Cabify.

Unos, rudos, agrestes y maleducados. Otros, más sutiles, refinados e incluso, urbanitas. Pero todos, bravos, naturales, de buen comer y para nada, afeminados. 
 
Pueden ser obesos, gordos, sanchopanzudos seductores de la calaña de Don Pepone y de Juan Manuel de Prada, fofisanos de la ralea de Arturo Pérez Reverte y delgados fibrosos con reservas de carne apreciables por la vista, como Bruce Willis y Jean-Clade Van Damme, pero nunca son famélicos, raquíticos, enclenques, esmirriados o de una consumida delgadez y vaporosa liviandad.   


Pueden ser de derechas o de izquierdas, pero ninguno se depila ni usa cremas y a pocos, les estremecen de emoción los niños guapos de la política como Pedro Sánchez, Alberto Garzón, Albert Rivera y Cristina Cifuentes. Aunque siempre hay cabida para las excepciones.

Tras esta extrovertida y estrafalaria introducción, procedo a desmenuzar los diferentes estereotipos de machotes ibéricos.
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 El dandi campechano: También, podría ser denominado El Julio Iglesias, El Bertín Osborne o El Arturo Fernández, y se trata de ese machote ibérico que combina la elegancia del señor y la hombría del vasallo. 


El dandi campechano no es diestro o mañoso a la hora de casar sus buenos modales con su exacerbada masculinidad, sino que es algo que brota de forma espontánea, que no es fruto de un minucioso estudio o análisis, sino innato, propio de su elegancia natural. Se cumple el dicho de que “de casta, le viene al galgo”.  


Este tipo de macho alfa rompe con el canon de dandi inglés: Amanerado, de fisonomía escuchimizada, despampanante y llamativo en su vestimenta, emperifollado o atusado con escrupuloso rigor, con el pelo mesado y la barba rasurada con milimétrica precisión, con la piel tersa y los poros obturados, de verbo ampuloso o léxico exquisito y dicción pulida e impostada. En síntesis, lo que viene a ser una suerte de Oscar Wilde redivivo.  


El elegante de la estirpe de Bertín Osborne busca ropa que le quede bien, pero no acude al sastre para que el conjunto guarde una perfecta armonía o eje de simetría con las medidas de su cuerpo. Sin embargo, en la escuela de Lord Byron, esto sería impensable. 


El elegante de la casta de Julio Iglesias es capaz de saludar a alguien con un tono de voz depurado y modales exquisitos, y a renglón seguido, proferir una palabrota o contar un chiste verde. Tiene, incluso, la capacidad de insultar a sus enemigos con un burdo y refinado: “Usted es un hijo de la gran puta”. Tal grado de chabacanería no podría atravesar las cuerdas vocales del Príncipe Carlos ni de Lord Sebastian Flyte.   


A esta clase de señorito, te lo puedes encontrar, perfectamente, con una barba de tres días, el pelo mesuradamente revoloteado, los mocasines con borlas ligeramente manchados, un disimulado lamparón en su camisa de iniciales, una diminuta china de cigarro en su jersey de Cortefiel y bañado en colonia de Álvarez Gómez al no haberse duchado por levantarse de la cama excesivamente tarde (y para colmo, la gente le dirá que huele a rosas y que va hecho un pincel). En cualquiera de estas tesituras, un discípulo del británico Phileas Fogg, más conocido como Willy, no pondría un pie en la calle.   
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El pasota de la camisa de cuadros: El pasota de la camisa de cuadros es un tipo manso como una vaca, que se puede emparanoiar en privado pero que nunca hace ademán de sus delirios en público, que no es adusto o borde en el trato, pero, tampoco, el paladín de la carcajada ni el premio nobel de la simpatía. 


El pasota de la camisa de cuadros es muy macho porque encarna una de las antítesis del metrosexual. Le compra la ropa su madre o su mujer, y si le toca a él elegirla, no pasan más de tres minutos desde que entra en la tienda hasta que sale de la misma. Se pone lo primero que ve en el armario, su ropa no es ni especialmente elegante, ni sorprendentemente hortera, por lo que se encarama a la solución rápida, que suele ser la camisa de cuadros, unos vaqueros corrientes, sin estridencias modernistas, un par de pantalones de pana o unos chinos de color beige o azul marino, los inmortales zapatos marrones de velcro o de cordón, o las legendarias botas de Camper. 

Al pasota de la camisa de cuadros, le importa tan poco la estética que no tiene ni la más mínima curiosidad de jugar a ir desaliñado, andrajoso, harapiento o desharrapado. Su aspecto es moderadamente descuidado, ya que los excesos exigen ímprobos esfuerzos y por consiguiente, cierta preocupación metrosexual por extraviar la indumentaria. Su barba es de tres días o ligeramente poblada y levemente enmarañada, puesto que dejársela como Karl Marx o Panorámix comporta esmero y dedicación; Lo mismo ocurre con su pelo: Parcialmente desgreñado y un poco despeinado.

La versión extrema del pasota de la camisa de cuadros es el cervecero de la camiseta negra o verde moco. Un ejemplo fidedigno de este sujeto es el irlandés de vientre adiposo e inflado que sujeta una pinta de Guiness mientras reproduce algún eructo arrellanado en un sofá. Este género de pasota radical tiene un aspecto algo o bastante más descuidado que su alter ego mesurado, campero y de torso leñador. 
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El chulo de barrio: Lo he clasificado de este modo porque existen dos biotipos a los que es preciso dedicar un párrafo distinto y un punto y aparte. 


Las características comunes a todo chulo de barrio son su bravuconería, su intemperancia, su talante porfiado, terco u obstinado, su infame modo de vestir, su tosquedad a la hora de expresarse, pero, también, su prodigiosa sencillez intelectual para comprender y explicar lo enrevesado, su desbordante intuición para detectar a quienes pretenden darles gato por liebre, su sobresaliente capacidad resolutiva para salir airosos de cualquier problema inopinado y situación anómala, y su inabarcable sabiduría popular. Por estas últimas cualidades, creo que la pretensión supremacista de retirarles el derecho a voto sería un fallo garrafal y una temeridad superlativa. Su realismo, su olfato y su contacto con la calle les hacen mejores conocedores de aquello que nos rodea y de lo que está por venir.  

Como he señalado arriba o ut supra, existen dos modalidades o familias de chulos de barrio. A priori, voy a centrarme en el macarra poligonero y a posteriori, pondré el foco de atención sobre el castizo tradicional. 
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El macarra poligonero es aquel dado a conducir a velocidades desorejadas, cual bakala valenciano, a imprimir tatuajes sobre su piel venosa y apergaminada, y a llevar el pelo hirsuto, es decir, tan de pincho que su cabeza parece un campo de púas. También, se caracteriza por ser propenso a provocar refriegas, rencillas, escaramuzas o reyertas urbanas de poca monta o importancia, de esas que acaban en un simple griterío de lenguaraces boquimuelles, en un clamoroso relinchar de caballos desbocados o en una algazara insoportable de graznidos, ronroneos y carraspeos, y en el peor de los casos, deriva en una contienda repleta de zarandeos, puntapiés y manotazos. 


El castizo tradicional es el clásico tío recio que se presenta en múltiples formas humanas. Se trata de ese corpulento obrero de la construcción que derrama un soez piropo sobre los muslos de una veinteañera magnética y torrencial; Es aquel barrigudo de barra de bar que, emulando a Barnie y a Homer Simpson, lanza improperios al aire con la vista clavada en una pantalla que retransmite el fútbol en directo; Es el campesino fornido que transporta quilométricos sacos de trigo en una carretilla; Es el rojo de pelo en pecho, camisa de manga corta y comunista de la vieja guardia que aborrece las mariconadas del animalismo, del ecologismo y del feminismo; Es el fuerzanuevista del Madrid de Los Austrias que se iba de picos pardos después de presenciar un mitin de Blas Piñar. 


El aventurero suicida: También, podríamos referirnos al mismo como El acometedor de proezas o El audaz saltimbanqui.


Se trata, simple y llanamente, de ese machote que no conoce el miedo al riesgo físico ni a la muerte, por lo que es, sin lugar a dudas, el hombre-hombre,  el que tiene los cojones más grandes de todos. Ignacio Echeverría es un leal y noble ejemplo, un paradigma para nuestros días, prolíficos en cobardes y traidores.  
                       

En este estereotipo de machote ibérico, entra desde el demente que pende de una roca escalando el Himalaya, hasta el soldado que esquiva balas en Oriente Medio, del bombero que atraviesa un chisporroteante fuego, al policía que se encara y encarama a los delincuentes más siniestros. Aquí, caben todos los chiflados de valentía exacerbada.
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